Verba volant, scrīpta mānent

19 septiembre 2020

Modernidades

El proceso industrializador del siglo XIX tuvo en Europa un gran impacto económico que, además, generó enormes transformaciones sociales. La industrialización materializó adelantos pensados para modernizar y mejorar la vida del ciudadano… con algunos daños colaterales.

"Biberón asesino"
Fruto de esta incipiente innovación, se introdujo el gas en los hogares como fuente de luz y calor. Su uso, obviamente, no contaba con las medidas de seguridad actuales: los sistemas carecían de llaves de paso y las instalaciones dejaban mucho que desear. No faltaron explosiones e incluso las llamadas “muertes silenciosas”, a veces de una familia al completo.

Los bebés, como los adultos, no eran ajenos a los peligros del “progreso”. Uno de los biberones más populares [1], de diseño revolucionario, resultó de limpieza tremendamente difícil, convirtiéndose en un verdadero zoológico de microorganismos. No tardó en conocerse con el nombre de “biberón asesino”. Tal era la mortalidad asociada a su uso que, en pocos años, su comercialización fue prohibida.

En pleno auge innovador, se puso de moda decorar las paredes de las habitaciones con papel pintado de color verde intenso [2], que se obtenía a partir de pigmentos elaborados con arsénico y cobre. Su fabricación era sencilla y muy barata, asequible a todos los bolsillos.

"La bordadora" (Kerstins, 1817)
Obsérvese el papel verde en la pared
No se contó con que la humedad y la temperatura de las estancias favorecían el crecimiento de hongos y bacterias en aquellas paredes, y que algunos de esos microorganismos transformaban el arsénico en un gas incoloro, inflamable y altamente tóxico [3]. Los envenenamientos y muertes fueron relativamente comunes en aquella época [4] y no es difícil encontrar en los periódicos caricaturas de imágenes de esqueletos, luciendo trajes de color verde esmeralda, rodeados de una nube de polvo venenoso.

El arsénico no fue el único elemento de la tabla periódica que hizo estragos en los confiados burgueses de aquellos años, también el plomo tuvo su parcela de responsabilidad.

En aquella época, los juguetes infantiles estaban esmaltados en vivos colores para atraer la atención de los más pequeños –como ahora–. Estos esmaltes llevaban elevadas concentraciones de plomo, que producía, en algunos casos, un envenenamiento crónico saturnismo–, dañando el aparato digestivo y el sistema nervioso de los niños.

Mujeres con miriñaque
Las mujeres abandonaron las enaguas almidonadas de sus abuelas y las sustituyeron por la crinolina o miriñaque. Básicamente consistía en una estructura rígida en forma de jaula sobre la cual se disponía la falda del vestido, adoptando una silueta acampanada.

El principal problema de este artilugio era que podía prenderse con facilidad si la portadora se aproximaba descuidadamente a una fuente de calor, y era prácticamente imposible deshacerse de él con la urgencia requerida. Se estima que fallecieron más de cuarenta mil mujeres en todo el mundo a consecuencia de las quemaduras ocasionadas por llevar miriñaque.

La moda victoriana impuso otra prenda femenina, el corsé. Si hacemos caso de un artículo científico de 1874, este atuendo fue responsable de hasta noventa y siete enfermedades diferentes: indigestiones, “pecho jadeante”, mareos, hemorragias internas, histeria…

Visto lo visto, "no sabemos si la modernidad es una bendición, una maldición o las dos cosas”. (Octavio Paz)


[1] Inventado por el francés Édouard Robert.
[2] Se conocía en toda Europa como verde Scheele, en honor al químico sueco Karl W. Scheele.
[3] Trihidruro de arsénico o arsina (AsH3). 
[4] Mató literalmente a miles de personas, incluyendo al mismísimo Napoleón en su exilio en Santa Elena.

Fuentes: (i) Pedro Gargantilla en ABC, (ii) Iñaki Berazaluce en Punto Sinapsis, (iii) Wikipedia y (iv) FG. Imágenes: Google Imágenes y Wikipedia.


05 septiembre 2020

Pirineo mágico

Algunos valles del Pirineo Aragonés y, por supuesto, Zugarramurdi, en Navarra, son lugares de brujas, aquelarres, brujos, cuevas de güixas… Lugares mágicos, misteriosos y fantásticos que hemos visitado más de una vez los que nos gusta quemar suela por estos pagos.  

Chimenea espantabrujas
Chimenea espantabrujas

La bruja aparece aquí como una entidad no humana, un ser sobrenatural, malvado e infame que puebla el imaginario nocturno y del que hay que protegerse. En muchas chimeneas del alto Aragón aparecen curiosos objetos que unas veces son una simple piedra vertical, y otras un caldero, una cruz o seres de apariencia terrorífica. 

Se trata de los “espantabrujas”, con la misión de impedir que las brujas que sobrevolaban en sus escobas los tejados de las casas, se colaran en los hogares a través de la única entrada que no se podía cerrar: la chimenea.

Las brujas eran expertas en toda clase de hierbas y plantas. Con ellas y los más singulares elementos preparaban en su caldero ungüentos mágicos, pócimas curativas, eficaces venenos y filtros amorosos. No obstante, este conocimiento no debe relacionarse únicamente con la brujería en su sentido más estricto. Hasta la llamada “caza de brujas” de la Edad Media, el conocimiento de las plantas era algo aceptado y necesario en cada comunidad. En los pueblos de montaña, los curanderos o sanadores luego pasto de las hogueras de la inquisición— eran imprescindibles, con remedios para casi todo. ¡Y pobre de ti si les llamabas brujos! Del universo de plantas que utilizaban, veamos algunas de ellas, más o menos “mágicas”.

El hisopo es una planta contra el mal tiempo, utilizada para espantar a las brujas que venían en las nubes, cuando se creía que estas traían consigo una tormenta potencialmente dañina para las cosechas. A menudo se mojaba en agua bendita. También servía para trastornos de los bronquios y del aparato reproductor femenino.

El uso del beleño era conocido ya en los siglos V y VI a.C. Los antiguos egipcios se valían de su aceite para alimentar sus lámparas sagradas. Se trata de una planta venenosa, psicoactiva y generalmente relacionada con los vuelos de las brujas. Se dice que cinco granos de beleño se podían transformar en pequeños demonios que ayudaban a cumplir tareas imposibles. Su virtud narcótica está atestiguada por el dicho: "A quien toma beleño, no le faltará el sueño".

La ciencia nos ha hecho observar que otro aceite, el que se extrae del grano del estramonio, si se aplica en las sienes provoca visiones que cabría pensar que se está asistiendo a una sesión de espiritismo, incluidas perturbaciones de la inteligencia.

Cardincha protegiendo una puerta

La cardincha o flor del sol o eguzki lore en vasco, es el amuleto vegetal protector por antonomasia, presente en todo el Pirineo. Se clava en la entrada de las casas, bordas y corrales para espantar a los espíritus, brujas y seres perversos que, llenos de maldad y oscuridad, pretenden entrar en nuestros hogares. Cuando se encuentran con una cardincha, antes de seguir adelante, deben contar todos y cada uno de los pelos y espinas de la planta. De esta forma, a las brujas les sorprende el alba y tienen que marcharse huyendo de la luz del sol, que acabaría con ellas. 

También se llama “carlina” porque dicen que la usaba Carlomagno contra las enfermedades de sus legiones. Para que el poder de la planta sea eficaz, debe recogerse en la mañana de San Juan.

Se dice que la intuición femenina no es más que una refinada, sofisticada y sutil forma de brujería, inmune a la presencia de la cardincha. Casi seguro.



Fuentes: Julia Carreras en diario Heraldo, Huesca la Magia y blog Elvirathor. Imágenes: Huescalamagia.com, Gramho.com, Diario Sur, Hierbas y plantas medicinales.com y Plantas medicinales 10.

22 agosto 2020

Homo coquus

“Las bestias tienen memoria, juicio y todas las facultades y pasiones de nuestra mente, en cierto grado, pero no hay ninguna que sepa guisar”, escribía, en 1773, el escocés James Boswell, el primero en denominar al Homo sapiens como “animal cocinero” o mejor, en latín, Homo coquus. Asegura este hombre que la capacidad de cocinar y no otra es la cualidad que nos diferencia y separa del resto de los animales.

Portada del libro de Wrangham
Los animales no tienen cocina; el fuego les asusta. En cambio, los humanos tenemos la capacidad de alterar las materias primas para generar elaboraciones nuevas. La capacidad de cocinar –manipular alimentos– es el rasgo único y distintivo de la especie humana y la responsable del salto evolutivo que nos distanció de los primeros homínidos. Somos sapiens por todo lo que hemos cocinado y aprendido desde que, hace siete millones de años, bajamos de los árboles.

El profesor de Antropología Biológica Richard Wrangham, de la Universidad de Harvard, defiende la hipótesis de que lo que transformó a nuestros ancestros en los humanos actuales fue el hecho de cocinar los alimentos.

Cocinero romano en su cocina
Al inicio de la Prehistoria aprendimos a cazar y hace unos setecientos mil años dominamos, por fin, el fuego, “el mayor progreso de la civilización”, según Brillat Savarin, el revolucionario francés y padre de gastrónomos que decía: “Dime lo que comes y te diré lo que eres”. Todo cambió definitivamente con los primeros agricultores y pastores: dejamos de ser nómadas, creamos las primeras ciudades y pudimos planificar nuestra existencia. Cuando despertaba la Edad Antigua, en Mesopotamia, un hombre como nosotros escribía, sobre unas tablillas de barro, el primer recetario conocido. [1]

Pero el fuego nos dejó, además, un gran legado: la sociabilidad [2]. Hasta que no tuvimos las brasas bajo control, no comíamos juntos, no dialogábamos. La intimidad entre los miembros de un grupo familiar o social, se ha ido forjando en el acto de comer juntos. Hasta tal punto, que la palabra convivium que significa banquete, deriva de cum vivere, que significa “vivir juntos”. De convivium procede “convivir” que, consecuentemente, no es sino compartir con otros los placeres de la mesa… al menos en su etimología.

Familia romana en la mesa
Tradicionalmente y hasta que la televisión primero y los móviles después, entraron a saco en la convivencia, la mesa era el lugar en el que los comensales, parientes, amigos o conocidos, hablaban con tranquilidad de sus cosas, compartían, departían, discutían… familiarizaban, en suma.

¿Qué opinión merecería, a los que nos gusta la mesa, un grupo de comensales en silencio sepulcral, abducidos por la hipnótica atracción de la pantalla de un televisor o de la pantallita de un móvil? ¿O esa demoníaca invención consistente en intentar comer, beber, charlar y mantener el equilibrio, estando de pie, con un vaso en una mano y un plato con viandas en la otra?

Puestos a elegir entre posturas extremas, y nunca mejor dicho, me parece infinitamente más sensata la de los antiguos griegos y romanos, que comían plácidamente reclinados para alargar cuanto fuera posible y con la máxima comodidad los placeres de la mesa.



[1] Una tablilla describe veintiún caldos de carne y cuatro de verduras. La segunda, guisos de aves y la tercera, recetas de gachas y carnes.
[2] Recuerdo los “fuegos de campamento” que realizábamos, después de cenar, en los campamentos de verano de mi lejana juventud. En ellos se hablaba de todo lo divino y humano, se contaban chistes, anécdotas, cuentos… algunos, con buena voz, hasta cantaban.

Fuentes: Benjamín Lana en XL Semanal, Ferrán Adriá en La Vanguardia, Benjamín en uncomino.com, Fernando Quesada en frquesada.com y Las recetas más antiguas del mundo en La Boca Magazine, además de los personajes citados en el texto. Imágenes: Google Imágenes.


08 agosto 2020

Lecciones de ecología

En el supermercado, el cajero le dice a una clienta de cierta edad que debería traer su propia bolsa reutilizable, ya que las de plástico degradan considerablemente el medioambiente. La señora pide disculpas, se ruboriza y explica: "Es que en mis tiempos no teníamos esta moda verde de ahora."

El empleado se crece y responde: "Ese es nuestro problema, señora: su generación no puso suficiente cuidado en preservar el medioambiente y evitar la contaminación, y así nos va."

La señora, un pelín mosqueada, le dice: “Tiene usted razón, en nuestra generación no teníamos conciencia medioambiental como ahora”.

Contenedor para vidrio
Sin prisa, pero sin pausa, prosiguió más o menos así: “En aquel entonces, las botellas se devolvían a la tienda, quien las enviaba a la fábrica para ser lavadas y esterilizadas antes de llenarlas de nuevo, de manera que se podían usar una y otra vez. Así se reciclaban, sin necesidad de contenedores en las calles

“Subíamos las escaleras a pie, porque no había escaleras mecánicas. Íbamos andando a todos los sitios o tomábamos el tranvía o el autobús, en lugar de usar el coche para recorrer 200 metros. Los chicos iban andando a la escuela, sin usar a su mamá o papá como taxista las 24 horas. Por entonces, no quemábamos gasolina sólo para cortar el césped: usábamos una hoz o una guadaña o una segadora, a puro músculo. Hacíamos ejercicio trabajando, así que no necesitábamos ir a un gimnasio para correr sobre cintas mecánicas que se mueven consumiendo electricidad.

“En aquellos años, lavábamos a mano los pañales de los bebés, porque no había lavadoras ni pañales desechables. La ropa se secaba en tendederos, mediante energías renovables como la solar o la eólica, no en máquinas modernas que funcionan a 220 voltios. Los chicos usaban la ropa de sus hermanos mayores. No existían contenedores para ropa usada.

Ropa tendida en Areguá (Paraguay)
“Entonces teníamos una radio o una sola televisión en casa
quien la tenía— con una pantallita del tamaño de un pañuelo, no un televisor en cada habitación con una pantalla como una ventana. Teníamos un enchufe, en lugar de una regleta de enchufes, para alimentar media docena de artefactos. Y no necesitábamos un aparato electrónico recibiendo señales desde satélites situados a cientos de kilómetros de distancia, en el espacio, para ubicar la pizzería más próxima. Nos bastaban las páginas amarillas de la guía telefónica.

“En la cocina, molíamos y batíamos a mano, sin máquinas eléctricas que lo hiciesen por nosotros. Bebíamos directamente del grifo cuando teníamos sed, sin botellas ni vasitos de plástico desechables cada vez que tomábamos agua.

“Para proteger algo frágil, usábamos periódicos arrugados en vez de cartones preformados o burbujas de plástico que no existían. Las estilográficas se recargaban con tinta de un tintero, en lugar de usar repuestos plásticos o comprar una nueva, y no tirábamos a la basura toda la maquinilla de afeitar, también de plástico, sólo porque la hoja perdió su filo.

“Así que me parece lógico que la actual generación se queje continuamente de lo irresponsables que éramos las gentes de entonces” —concluyó con ironía, sonriente y tranquila, la buena señora.

“Convertir un árbol en leña arderá para nosotros, pero no producirá flores ni frutos para nuestros hijos”. (Rabindrath Tagore)



Fuentes: De autor desconocido, esta historia se publicó en distintas fechas en Club Chumbalaka (2011), Rueda, Tierra de Vinos (2013), SW World (2013), Unión de Oficiales GC Profesional (2013), Mamensantaregina (2015), Finca Costillavaca Toledo (2017), Ideal en Clase (2017), Vitoria-Gasteizko Udala (2017), Periodista Digital (2019), Diario Las Américas (2019), Caralladas de Tito’ s (2019), Cotilleando (2019) y en casi otra docena de publicaciones más. Ahora (2020) en este blog, Itineribus, redactada y adaptada al estilo de la casa.

Fotografías: Región Digital (Mérida) y FG en Areguá.


25 julio 2020

El virus que vino de China

Nuevos contagios, nuevos problemas. Te dicen que es una guerra y no es una guerra. Una guerra es el resultado de las decisiones del hombre. La epidemia del coronavirus lo es, si acaso, de sus indecisiones. Y no es fácil decidir frente a lo extraordinario. Sin embargo, los responsables deberían haber aprendido algo de la primera oleada para gestionar esta segunda con más acierto que la anterior.

El gobierno se adjudicó, arrogante, el papel de mando único. Pronto se puso de perfil, pasando a las comunidades autónomas la patata caliente en un inadmisible “sálvese quien pueda”, responsabilizándoles de contagios, ingresos, ucis y muertes. Los de Cambridge —leña al fuego— aseguran que España es el país de la OCDE con la peor gestión de la crisis. 

Las fronteras defendidas con tanques, se quebraron con gotitas de saliva. Hubo equidad en el contagio, repartido por igual entre ricos y pobres, y los gobiernos, que se creían infalibles, vieron cómo se puede ir todo el carajo por un abrazo o un apretón de manos. Y nos dimos cuenta de lo que era y no era importante, y una enfermera se volvió más indispensable que un futbolista, y un hospital de campaña se hizo más urgente que ganar la liga.

Dicen que las situaciones extremas te ponen frente a la verdad, como una manera elegante de decir que las situaciones normales la esquivan. Ahora hay que crear mentiras que sirvan para engañarnos o consolarnos o para engañarnos y consolarnos.

Hay una que circula con fuerza: que China pudo contrarrestar mejor el virus porque es una dictadura, que pudo cerrar sus ciudades y confinar a sus ciudadanos porque es un régimen autoritario. Yo creo que no, que pudo contrarrestarlo mejor porque estaba mejor preparada.

El obstáculo para resistirse a establecer cuarentenas en las “democracias occidentales” no fue la libertad, como sugieren algunos. Nada indica que millones de personas se habrían negado a encerrarse a cambio de su salud o incluso de su vida. La complicación para estas democracias es la economía y el empleo: tenían y tienen miedo porque las pérdidas representan un descalabro para sus políticas. 

Tres gotitas en el aire —gotículas las llama Simón, el de las piruetas contables—, nos han puesto a cuidar ancianos, a valorar la ciencia por encima de la economía, nos han dicho que no solo la indigencia trae la peste, que nuestra pirámide de valores estaba invertida, que la vida siempre fue primero y que las otras cosas son simples accesorios.

Lo que nos está pasando se halla muy bien reflejado en los cantos de “La Odisea”, que es un fantástico relato sobre la fragilidad del ser humano y el poder de fuerzas que no somos capaces de controlar. Homero pone en boca de Zeus: “Los humanos nos echan la culpa de sus desgracias a los dioses, pero ellos provocan, a causa de su estupidez, males que podrían ser evitados”.

La estupidez, por lo general, es inofensiva. Pero el poder y la estupidez, juntos, son muy peligrosos. Como aquí y ahora. 

Y, mientras tanto, el Real Madrid ganó la Liga.


Fuentes: New York Times, diario ABC, Cadena SER Radio y Mundifrases.
Imágenes: Alamy Stock Photo y BBC.

11 julio 2020

El Nobel, Ramón, mi mujer y las croquetas

La coma, estratégicamente situada entre Nobel y Ramón, deja claro que Ramón no es premio Nobel. Mi mujer tampoco. Sin embargo, cualquiera de los dos sería candidato válido si la Academia Sueca decidiera establecer un nuevo galardón para premiar la mejor elaboración de esta joya gastronómica: la croqueta.

A modo de introducción, dejar aquí constancia de las ideas del premio Nobel Finn Kydland, quien asegura que sus “recetas” de economía en este caso—, sirven igual para una taberna del Tubo de Zaragoza que para una empresa de ingeniería aeronáutica: “La clave para salir de esta crisis es retener el capital humano, el talento: Si a un bar le ha ido bien por sus croquetas, lo que no debe hacer es despedir al cocinero que las prepara en su punto perfecto de bechamel”. Se ve que el noruego entiende.

Una asociación donó 5 400 croquetas
para generar "sonrisas anticrisis".

Esa deliciosa receta a base de pollo, jamón, camarones o cualquier cosa, este pequeño objeto de deseo que parece tan nuestro, en realidad tiene su origen en Francia. Su nombre proviene de la onomatopeya croquer, que significa crujir, y la primera referencia escrita data de 1817, de manos de Antonin Carême, un cocinero de Luis XIV que sirvió sus exquisitas croquettes à la royale durante un banquete [1]. Otros dicen que fue Louis de Bechamel la persona que la creó. Lo que está claro es que, en España, esta elaboración es la reina de la cocina de aprovechamiento.

Aunque la tortilla de patata, con o sin cebolla, es la tapa preferida de la mayoría de los españoles, la croqueta ha logrado hacerse un hueco, bien merecido, en las barras de los bares. De hecho, es la tercera tapa más consumida en España, por detrás de la tortilla y las patatas bravas, según un reciente estudio de mercado.

El sabor más demandado es el de jamón. Y es que, por muchas variedades novedosas que nos ofrezcan, este sabor clásico siempre triunfa. De hecho, según el estudio, ocupa el 60% de la cuota de mercado. Le siguen las croquetas de boletus, las de pescado, las de pollo, las de queso, las de marisco y, por último, las de verduras. A mí, sinceramente, las que me van son las de gambas o camaroncitos con cebolla y su deliciosa bechamel que elabora mi mujer.

Croquetas a dedo. ¡Faltaría más!
Las de tu madre o las de la abuela siempre serán las mejores. Eso es porque no cometen algunos de los errores más frecuentes que echan a perder esta deliciosa receta. No preparar una buena bechamel, recalentarlas y hasta freír muchas a la vez, pueden llevarnos al fracaso gastronómico. Por eso he dejado abajo un enlace a la receta de Ramón [2]. Siguiendo los pasos que propone, os quedarán exquisitas.

Por dilucidar, cómo se comen: con la mano o con tenedor. Ramón lo tiene claro: “Está perfectamente admitido comer las croquetas con los dedos, aunque también se pueden comer con tenedor... Sólo depende de dónde y con quién se coman. Lo que podría resultar fuera de lugar en una comida de negocios, puede ser un elemento de complicidad en una cita íntima. Recomiendo mirar con atención los labios ligeramente brillantes, por el aceite de la fritura, de quien comparte con uno el pecado de gula y la barbarie primitiva de las croquetas comidas a dedo, invitando a otros y más deliciosos pecados”.

Buen provecho y buena suerte.


[1] En otros países varía un poco su nombre: kroket (Holanda), krokett (Hungría), korokke (Japón), croquete (Portugal / Brasil), kroketten (Alemania), y croquette en inglés, entre otros. En España, de forma coloquial, hay gente que pronuncia mal este producto y lo llama “cocreta”.
[2] Mi amigo Ramón Tejeiro, como él mismo refiere en su libro “De la cocina y otras sensualidades” es, entre otras muchas cosas, un especialista en croquetas, las cuales he tenido el gusto de disfrutar cuando la vida nos ha juntado en algún país de por ahí. Les dejo su receta para que ensayen, a descargar desde aquí


Fuentes: La Vanguardia (Comer), Heraldo (Gastronomía), La Ventana (Cadena SER Radio), Croquetas Ricas (Tienda online de croquetas), La Nueva España y De la cocina y otras sensualidades, Ramón Tejeiro, Cultivalibros, Madrid 1013.