Verba volant, scrīpta mānent

06 octubre 2018

Tecnología de la edad de piedra

Reconozco no haber prestado nunca la más mínima atención a determinados aspectos a los que otros dedican su meritorio tiempo, sean el flamenco, los blues, los libros de caballería, las películas porno o la sopa paraguaya. Con cierta complacencia, a otros los he denostado profusamente: los discursos demagógicos, los rollos populistas, las estupideces y, por extensión, las pretensiones independentistas, la regla de tres, los frikis y los pagafantas.

Bombilla bayonetaSin embargo, desde que estrené el uso de razón, mis intereses y aficiones se orientaron hacia la ciencia y, especialmente, hacia todo lo relacionado con la electricidad y la radio de la época. Tiene su explicación.

Buena parte de mi adolescencia la pasé mirando una bombilla. Exagero: también teníamos tiempo, mi hermano y yo, de apedrear gatos o salir a capturar pájaros con liga. Pero, en los duros años de pertinaz sequía y eléctricas restricciones, la preocupación de todas las tardes era la luz de aquella única bombilla, huérfana en toda la casa, que colgaba del techo en medio de la cocina, junto a una tira de papel atrapamoscas. “¡Ha venido la luz!”, decía mi madre. “¡Se ha ido la luz!”, decía mi hermano. “¿Se sabe cuándo va a volver la luz?”, peguntábamos todos. Eran los años 50, cuando la luz tenía un importante componente aleatorio: se iba y punto.

Radio TelefunkenEntonces mi padre se quedaba sin el “parte”, como llamábamos al diario hablado del régimen o, mucho peor, sin la retransmisión del Carrusel Deportivo de Vicente Marco, o sin la voz de Radio España Independiente, Estación Pirenaica, que ni era independiente ni pirenaica. Luego supe que transmitía, desde Moscú o desde Praga, incendiarias diatribas contra el gobierno de Franco. Había que escucharla muy bajito, con el mismo silencio y atención con la que se vigila la respiración de un moribundo. Estaba prohibida por la autoridad y perseguida por interferencias que sonaban como una sierra mecánica.

Esta frivolidad de la luz era un incordio que me propuse resolver. Con un reloj despertador viejo de campana, un imán, una batería de 90 voltios que aportó mi padre y no poca imaginación, construí un rudimentario dispositivo que ponía en marcha nuestro alumbrado de bombilla única, alimentado por la batería, en cuanto la luz decidía ausentarse. El vecindario estaba maravillado con mi invento y tuve que construir tres o cuatro más. Cada vecino aportaba los materiales necesarios, y me daban una propinilla por los calambrazos soportados.

GalenaEn radio, mi afición consistía en construir receptores de galena, aunque, ciertamente, ya no se usaban. Casi todas las familias lucían sus radios enormes, de madera y plástico, decoradas a menudo con una cortinita de tela que se abría para mostrar un frontal iluminado en el que aparecían exóticos nombres de ciudades del mundo. Pero la falta de corriente eléctrica había puesto de moda, de nuevo, a los viejos circuitos de galena. En el piso de arriba, un radioaficionado me proporcionaba casi todo lo necesario: detectores, cable... Yo aportaba los rollos de cartón vacíos de papel higiénico, que constituían un perfecto soporte para fabricar las bobinas y montarlas sobre una caja de madera de cigarros puros Farias, de las de entonces.

En una ocasión, estando mi abuelo postrado en la cama con gripe y sin luz, improvisé un receptor de galena para que pudiera escuchar la final de la Copa del Generalísimo de fútbol. Como antena, el alambre del tendedor donde mis tías colgaban a secar la ropa recién lavada.

Abuelo feliz, por cierto: ganó su Atleti. El de Bilbao. ¡Quién si no!


IMÁGENES: Arriba, lámpara incandescente con casquillo “de bayoneta” de la época. Centro, receptor de radio de la marca “Telefunken”, una de las más apreciada en aquellos felices años. Abajo, circuito de un receptor a galena, el primero que monté en octubre de 1955.

5 comentarios:

Santiago dijo...

¡Felicidades, chaval! Me sigue gustando, aunque cambies de título y formato.

Ana E. dijo...

Félix querido, un placer poder seguirte leyendo. Me gustan el formato y el contenido. Un fuerte y cariñosos abrazo desde el veroño madrileño (en el que pronto vamos - por obligación impuesta por las eléctricas - a tener que apagar la luz para que no nos la corten por impago...)

José Antonio T. dijo...

Hola amigo Félix,
El comentario de hoy me encanto, me hizo recordar aquellos tiempos difíciles, pero muy felices al menos para mí.
Saludos

Jesús D.A. dijo...

Querido amigo:
Observo que compartimos una afición que, desde niño, también he disfrutado.
Comentas que en la década de los 50 se “iba la luz”. Yo recuerdo el grito desesperado de mi madre en la década de los 60...”Niño... pon los plomos”... Recuerdo que artesanalmente pelábamos un cable y restituíamos en un pis pas la bendita luz.
También construí una pequeña emisora de las que había en la década de los 70, “Sales Kit” se llamaba , con los cristales del canal 14, seguro que te suena.
Hoy sigo inmerso en el mundo de la válvula de vacío, en el mundo de los audiófilos las válvulas fabricadas en los años 40/50 son las más apreciadas.
Con toda la tecnología de “punta” de hoy en día, las válvulas fabricadas en aquel entonces tienen una vida útil de unas 15.000 horas y las fabricadas hoy, de unas 5.000.
Comento una curiosidad que poca gente conoce, las Agencias de Seguridad de la mayoría de los países disponen de un backup de información esencial alimentado únicamente con válvulas. El motivo no es otro que estos aparatos no incorporan chips ni chops, nada conectado a la red, sistemas totalmente analógicos que ante un cyberatack estarían libres de cualquier infección.

Ruego me disculpéis si hay algún error o línea dislocada, estoy escribiendo este texto en un smartphone de tecnología de punta que me tiene hasta la punta....

Un fuerte abrazo

Álvaro A.L. dijo...

¡Aúpa Atleti!