Verba volant, scrīpta mānent

23 febrero 2019

Nosotros, los niños de la posguerra

El día comenzaba con un generoso tazón de café o de malte de cebada con leche y sopas de pan del día anterior, oscuro y contundente, antes de salir corriendo a la escuela. A mediodía volvíamos a casa a toda prisa —siempre corriendo— para escuchar las aventuras de Diego Valor, “el piloto del espacio”, en la radio, el único high tech de la época.


Por la tarde, los niños jugábamos a las chapas o al fútbol con pelotas de trapos atados con una cuerda, y las niñas se divertían con muñecas o saltando a la comba o jugando a la rayuela [1], en calles que aún no eran territorio de violencia, vomitorio de botellón o mercado de droga, nunca aburridos ni necesitados de psicólogo. Bebíamos agua directamente del grifo de la fuente pública y algunos incluso lo chupaban y nadie se contagió de nada. Montábamos en bicicleta sin casco, nos abríamos la cabeza jugando a la guerra de piedras e íbamos a la playa sin ISDIN, pero sabíamos construir espectaculares castillos con arena húmeda.

Impresionantes aventuras de El Guerrero
Si llovía, las niñas se quedaban leyendo cuentos de hadas en casa de alguna amiguita y los chicos los tebeos [2] del Guerrero del Antifaz, con licencia para matar moros malvados, o veíamos la película de la sesión infantil donde, frente a la amenaza de los sioux, siempre llegaba a tiempo el Séptimo de Caballería al mando de John Wayne, cuyo beso final a la protagonista se cortaba por la censura. A la salida, merienda de pan con algo, nata con azúcar o una onza de chocolate terroso que no producía niños obesos; si acaso, alguno era gordo y punto.

Éramos los niños de la posguerra, los de la generación de los 40 del siglo pasado, los años del hambre aquí. Algunos han asegurado que éramos unos tarados, oprimidos por la disciplina, educados en la ignorancia, lastrados por la religión e incapacitados para el futuro. No tienen ni puta idea de lo que dicen. Aquí estamos todos: unos, abuelitos contadores de historias que nadie quiere escuchar por repetidas; otros, cultivando malvas ya; los más, aferrados a la vida.

Aceptábamos sin rechistar el dominio de los mayores y los capones en la escuela por parte de algún maestro de mano larga, como la cosa más natural del mundo. Aprendimos la lista de los reyes godos para ejercitar la memoria, los dictados eran una prueba de ortografía básica, de la que tan necesitados están los jóvenes de ahora, las raíces cuadradas se resolvían sin calculadora y traducíamos del latín la Guerra de las Galias. Muchos acabaron en la universidad, ocuparon puestos importantes y alguno llegó a ministro. Otros aprendieron una profesión en las “escuelas de artes y oficios” que mantenían las empresas a cargo de su propio patrimonio. 

Nuestros padres no tenían vacaciones o, si las tenían, era para hacer algunos arreglos necesarios en la casa o en el huerto familiar. Sin embargo, nosotros los chicos podíamos veranear tres semanas de campamento o albergue, gratis, cortesía del estado.

Nos sorprende ver ahora cómo algunos, crecidos en un mundo de derechos, se alzan contra la sociedad que les ha permitido disfrutar de lo que, supuestamente, no tuvimos nosotros, pretendiendo reescribir la historia cercana. Unos, abrazando nacionalismos xenófobos para inventarse sus orígenes, despreciando a los que no formamos parte de su estirpe imaginaria. Otros, revolviendo el odio y exaltando ideas abandonadas hace decenios, después de haber dejado tras de sí naciones empobrecidas, subdesarrolladas, a la cola del progreso.

Soportamos fracasos, éxitos y responsabilidades, y fuimos felices sin actividades extraescolares de vela ni de inglés ni de judo ni de paddle ni de danza. Sin duda.


IMÁGENES: Arriba, niña saltando a la comba, creo. Centro, uno de nuestros héroes más queridos. Abajo, ni casco ni manos; nada: algo de mercromina y dos o tres puntos.

[1] Rayuela: "Juego infantil, generalmente de niñas, consistente en ir desplazando un tejo, a puntapiés y a la pata coja, por varias casillas dibujadas en el suelo, procurando no pisar las rayas y que el tejo no quede detenido en ellas." (Diccionario RAE)

[2] Tebeo: "Serie de aventuras contada en forma de historietas gráficas." (Diccionario RAE)

Créditos: El Gato Azul y experiencias propias.

2 comentarios:

Jesús Sánchez dijo...

Como siempre, magnífico. Aunque soy más joven que tú, comparto totalmente tus opiniones y agradezco que una persona con tu claridad de ideas las haga públicas.
Un abrazo

Alfonso dijo...

Me ha parecido muy bueno, como todos, pero además muy conveniente y muy acertado en estos tiempos que vivimos. Un abrazo